El liquen escleroatrófico, también conocido como liquen escleroso en el caso de afectar especialmente a la vulva, es una dermatosis inflamatoria crónica que afecta principalmente la piel de la zona genital y perianal, aunque puede localizarse en otras áreas del cuerpo.
Esta enfermedad inflamatoria crónica de la piel provoca una atrofia o adelgazamiento de la piel y mucosas. En España el dato no es elevado, pues se estima que su prevalencia en consultas de ginecología general es menor al 2%, aunque se presume que la cifra real es mayor debido a la confusión de los síntomas con infecciones fúngicas o sequedad menopáusica.
3 datos de interés antes de continuar con el artículo:
- Más frecuente en mujeres que en hombres, con una proporción aproximadamente 10:1 y con picos de incidencia antes de la pubertad y después de la menopausia.
- Tiene causa desconocida, aunque la evidencia apunta hacia un componente autoinmune con predisposición genética y asociación con otras enfermedades autoinmunes (como tiroiditis).
- Ni es contagioso ni se transmite por contacto sexual.
¿Cuáles son sus síntomas?
El retraso en el diagnóstico en algunas ocasiones es elevado ya que se confunde con otras patologías, como candidiasis recurrentes o atrofia urogenital posmenopáusica, mermando la calidad de vida general de la paciente.
Por este motivo, es importante reconocer la sintomatología y acudir a un especialista tan pronto como sea posible:
- Prurito (picor) intenso, a menudo se acentúa durante la noche.
- Irritación, dolor o incluso sensación de quemazón.
- Dolor durante las relaciones sexuales o al orinar.
- Sequedad.
- Cambios físicos visibles: manchas blancas, fisuras o hematomas debido a la fragilidad de la piel, acortamiento o fusión de los labios menores…
La importancia de un diagnóstico temprano
Como se ha comentado anteriormente, la complejidad en algunos casos en la identificación de síntomas claros y evidentes retrasa su diagnóstico, pudiendo contribuir a cambios anatómicos irreversibles y a un mayor sufrimiento en la paciente.
Por ello, es fundamental acudir a un especialista para que pueda realizar un examen físico detallado en busca de cambios de color, atrofia y cicatrices típicas. En caso de duda diagnóstica se realiza una pequeña biopsia con anestesia local.
Tratamiento a seguir
Al tratarse de una condición crónica, el tratamiento no busca la cura de la patología sino el control de los síntomas y la prevención de futuras complicaciones.
En primera línea el tratamiento se basa en el uso de corticoides de ultra alta potencia, recurriendo, en caso de no ser tolerados o si están contraindicados por la paciente, a inhibidores de la Calcineurina.
Otra alternativa a los ya mencionados es el uso de tecnologías punteras como el láser de CO2 o el Plasma Rico en Plaquetas (PRP).
Lo recomendado en cualquier caso es acudir a una clínica ginecológica de confianza, o a un médico de urgencias, para un rápido y claro diagnóstico, con un tratamiento personalizado adaptándose a las necesidades de cada paciente.
A modo de recomendación: es importante mantener la zona hidratada con emolientes específicos, utilizar ropa de algodón y evitar los jabones agresivos.